La Espírita Santa

Pogüerful

Ver también   Sinopsis y Notas de Dirección

Traduction française en cours
English translation soon

Pogüerful es una obra concebida y escrita por Bibiana Monje,
adaptación dramatúrgica y puesta en escena con Enrique Pardo.
Se presentaron dos pre-estrenos en Las Palmas de Gran Canarias
el 12 y 13 de abril de 2019 donde se vislumbró por primeara vez a
La Espírita Santa.
Es la segunda colaboración entre ellos – la segunda folie à deux :
locura a dos. La primera se titulaba LACURA.

Pogüerful : https://www.bibianamonje.com/pogueerful
Artículo sobre LACURA, Emotional Pornography (en inglés)

Hay, en Pogüerful, una figura que llamamos La Polaca, actuada por Lucía Camo, y que viene a ser La Espírita Santa de la obra. Guapa, rubia, flaca, alta (sobre todo con los patines puestos), con pinta sexy de guaripolera, de tipo dominatrix implacable, y que lleva como máscara una regadera de aluminio que le da aires de angel-rinócero diabólico. Una guaripolera es a una chica bonita que lidera los desfiles pseudo-militares de chicas bonitas, haciendo malabares con un bastón de guerra: el warpole – de ahí, guaripola, la bastonera.

Lucia CAMO    La Espírita Santa

Guaripoleras

 

 

Para mi, no hay duda que una de las tres ‘personas’ de la trinidad cristiana es mas bien extraña: la palomita blanca llamada El Espíritu Santo. Es la única persona de la trinidad que no tiene contrapartida femenina. De hecho, por ningún lado hay una Espirita Santa. Recordemos que la trinidad está compuesta de:

1 – El Padre, Dios todopoderoso, que sí que tiene contrapartidas femeninas; estas son virtuales en la Biblia, pero muy reales y variadas en los politeísmos: son las diosas. Son virtuales en la Biblia porque se murmura, sin mención canónica, que el Dios-Padre tenía esposa, pero que la escondió, o algo peor; la misteriosa Lili.

2 – El Hijo, del que se dice que tuvo como amante a la hermosa Magdalena. Y que su madre permaneció virgen. Respecto al padre hay una cierta confusión. La versión teológica cuenta que intervino bajo forma de… espíritu santo, y este a su vez bajo forma de… paloma. En Grecia había un mito en el que el padre también se convierte en paloma: Zeus, quien, después de otra pelea colosal de celos con su mujer, se hace el pichón herido para reconquistarla. En su caso funciona y Hera se re-virginizó (como solía hacerlo) para volver a amarlo.

3 – El Espíritu Santo, del que no hay huellas ni de sexualidad ni de género, y por lo tanto no tiene contrapartida femenina. Aunque hay personas que piensan que el Espíritu solo puede ser masculino, y que la espiritualidad no es asunto de mujeres…

Madre e Hija con Bibiana amarrada detrás

A continuación, desarrollo tres puntos sobre la noción de ESPIRITUALIDAD, tres puntos con los que adentramos aspectos críticos y seriamente filosóficos de la noción de espíritu.

En mi época de monaguillo me apliqué en tratar de ‘creer’ en el mito de la inmaculada concepción; tendría siete u ocho años y ya adivinaba algo de lo que era la sexualidad. De hecho, lo que me costó entender, eso sí, ya mas mayor, era el concepto mismo de espiritualidad: lo veía básicamente como el núcleo (el motor nuclear) de la abstracción monoteísta, de la iconoclasia religiosa, a la vez anti-cuerpo y anti-imaginación. Mi profesor de mitología, el politeísta y neo-pagano (y granuja) Charles Boer, me advirtió: “Al volcarte contra la noción misma de espíritu, la reduces y se la entregas en monopolio a los cristianos. Y de esa manera no queda sino un solo espíritu, una sola forma de espiritualidad: la cristiana. Pero, debes tener en cuenta que, dentro de un imaginario politeísta, cada diosa y cada dios tiene su espíritu, tiene su forma propia de espiritualidad.” Claro: ahí están el espíritu cazador y sanguinario de Diana, el espíritu del alcohol de Dionisio, el filo lógico del cuchillo de Apolo, la movilidad mercurial de Hermes (y el espíritu como humor), el frenesí de los pánicos de Pan, el sexo y los perfumes de Afrodita, etc. Estamos hablando de epifanías, de influjos divinos múltiples, de inspiraciones radicalmente diversas. Y, en este caso, de mitología griega. Hay muchas mas. La epifanía cristiana que mas me impresionaba era la del Espíritu Santo, la cual es un golpe de inspiración sideral: “En el día de Pentecostés, y estando reunidos en un lugar, sucedió de repente que se produjo un ruido como del cielo parecido a un viento. Aparecieron entonces lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos, llenándose todos del Espíritu Santo. Comenzaron a hablar en lenguas extrañas.” (Hch 2, 1-4) Es inspiración (in spiritus) que va mucho mas allá que una ‘simple’ espiritualidad comedida y parca: ¡es posesión, es glosolalia, es performance daimónica!

En mis diálogos con Anna Griève, autora de Los Tres Cuervos – Hacia una Ciencia del Mal Radical , discrepamos siempre sobre la naturaleza y función del espíritu. Ella habla de “fuerza”, de un factor dinámico que se manifiesta e impulsa decisiones vitales y éticas; incluso describe esa fuerza como autónoma e inevitable, en ciertas personas al menos, como en su proprio caso. Se trata de un principio de reacción cuando, por ejemplo, se presenta una figura de lo que ella llama “el mal radical”. Presentó su convicción apasionada en una obra de teatro que puse en escena sobre un cuento de los hermanos Grimm, Los Doce Hermanos. Como narradora y filósofa escénica logró una apología apasionada, e identificada con la joven princesa (doce años) que había nacido con “una estrella en la frente”. O sea:  bendecida por un factor innato de integridad espiritual. Roy Hart hablaba de personas que tenían “el factor X”, o sea, que entendían y podían poner en acto convencido (y convincente) su entendimiento espiritual del canto. Eran sus discípulos, de los que fui, unos años.

No es que yo niegue la posibilidad de este tipo de ‘posesión’ espiritual, y de su dinámica optimista, o llamémosla ‘positivista’ – incluso la admiro – pero sigo en esto a James Hillman en su visión mitológica de la figura del espíritu, resumida en su famoso artículo Peaks and Vales (Picos y Valles) en el que hace una distinción entre Espíritu (el anhelo hacia la pureza de las cimas) y Psique (la necesidad de bajar al valle erótico, al valle de lágrimas). Hace unos días vimos el terrible incendio de Notre Dame de Paris: ¡que símbolo mas fuerte (y querido) de la espiritualidad gótico-cristiana! Sobre todo, cuando se desplomó en llamas su flecha principal (símbolo vertical y ascendente del Espíritu Santo). Me escribió Anna Griève que se sintió “eviscerada”. Se trata de un símbolo y de una vivencia altamente emotiva de la espiritualidad cristiana.

Alfred Wolfsohn y Roy Hart

El segundo punto concierne Roy Hart quien, como indicado, fue mi primer maestro teatral. Considero que era un genio ético, y que lo que el denominaba “el espíritu” era fundamental en su filosofía. Voy a tratar de ser a la vez explícito y conciso. Se trataba, para el, del espíritu del singing, espíritu del canto, o sea: de una transformación del entendimiento y de la esencia misma de lo que es cantar. Se trata de lograr una transformación a la vez transcendental, corporal y artística del gesto de fonación humana. Es una concepción idealista que va mas allá no solo de la expresividad musical pero que incluye todo lo que puede expresar una voz humana, incluyendo el lado sombrío, y por lo tanto todo lo que se puede transformar en canto.

 

Esta concepción del espíritu ‘cantado’, que podríamos llamar teleológica, es relativamente conocida; es un desarrollo de la tesis y práctica del que fue su profesor, Alfred Wolfsohn, a veces denominada “la voz de ocho octavas”, convertida hoy en una práctica de desarrollo personal que considero, cuando está en buenas manos, profunda y eficaz. Pero el trabajo de Roy Hart iba mucho mas allá. Llevó la noción de singing a extremos impresionantes, y yo diría, al menos, muy arriesgados; tanto es así que la empresa espiritual (y sectaria) que impulsó, se estrelló literalmente en el accidente de automóvil en el cual fallecieron el, su esposa y su amante. Postulo esto porque, para él, todo era (éticamente) posible si uno llegaba al entendimiento incorporado de la espiritualidad de lo que significa cantar. Roy Hart vinculaba esta espiritualidad con la noción de consciencia, predominante en su época (los años 1960 y 70); su ensayo principal (prácticamente el único) se titula: “Como una voz me dio una consciencia”. En sus ideales, la vida y el arte se cruzan ‘performáticamente’, y se puede ‘realizar’ su unión, si se logra un tal entendimiento de lo que es la voz y el canto. Estas propuestas son de una exigencia mayor, y espero poder elaborar y analizarlas en un articulo futuro bajo el titulo: ¿Que es lo que enseñaba Roy Hart?

Hay un aspecto, bastante polémico, que quiero abordar aquí respecto a la fenomenología fulminante y sin concesiones de la noción y figura del espíritu en el Occidente judeo-cristiano, con fuertes influencias budistas en los tres últimos siglos, y que Hegel, sobre todo, reformula en su Fenomenología del Espíritu. Hegel plantea el “espíritu absoluto” como consciencia, y como una forma de raciocinio abstracto que logra una ética superior. La verticalidad de su visión es muy distinta, y parece a veces opuesta a la noción de anima / alma / psique, tal y como la formula James Hillman en su libro Anima, anatomía de una noción personificada – exegesis, a su vez, del uso de la noción de anima que propuso Carl Jung. Por mi parte, en línea con Hillman y dentro de su perspectiva filosófica y artística, suelo distanciarme de las abstracciones espiritualistas. Vuelvo aquí a Roy Hart, como ejemplo, y a su noción de espíritu. Diría que el idealismo (Hegeliano?) de lo que él llamaba espíritu, tenía un lado esencialista y exclusivo que en definitiva, y aunque paradójico, acababa pareciendo, diría, inhumano. Incluso llegué a pensar que el Espíritu era no solo inhumano (en el sentido de falta de alma) pero incluso mezquino. Al igual que la figura de Cristo, y gurú como el, Roy Hart era capaz de una generosidad inmensa, pero también de una exigencia posesiva absolutista. Hay una correlación entre ser un “genio ético” y un tal tipo de exigencia. Anna Griève me recordó que Jesucristo se pronuncia en este sentido en los evangelios: “Quien ama a su padre y madre mas que a mi no es digno de seguirme” (Mt 10,37).

Mi tercer punto sobre el Espíritu Santo alude a una conferencia del filosofo francés Gilbert Durand (1921 – 2012), que tuve la suerte de atender en uno de los encuentros de Eranos, en Suiza, junto con James Hillman. Durand fue alumno de Gaston Bachelard, y, como él, filósofo del imaginario, y muy cercano de los círculos junguianos. Su conferencia era precisamente sobre el Espíritu Santo, y particularmente sobre su denominación como el Paráclito, o sea, básicamente, el consolador: intercesor, defensor, protector, abogado – espíritu de bondad – calificativos que el Espíritu Santo vino a compartir, aunque bastante mas tarde, con la Virgen María. Fueron ellos dos, después de la muerte y ascensión de Jesucristo, los encargados de consolar a los humanos – y en cierto modo de explicarles o, al menos, de paliar la aparente crueldad del dios patriarcal. Gilbert Durand enfatizaba la espiritualidad como pureza estética (por ejemplo, el arte románico por oposición al gótico y al barroco), y como despojo material, sobre todo en el caso de San Francisco de Asís, llamado también Alter Cristus, al ser considerado una figura consoladora, paráclito, muy cerca del Espíritu Santo y, en su caso, con un fuerte vínculo a la naturaleza: Dios Padre nos expulsó del paraíso terrenal pero el Paráclito nos consuela mostrándonos la belleza de la naturaleza, regalo del mismo dios. Las imágenes mas famosas de San Francisco son de él hablándole a los pajaritos. A mi me costó trabajo visitar Asís y ver la veneración a San Francisco (de hecho, salí corriendo), precisamente por la iconoclasia humilde (y violenta, por muy pacífica que parezca) de su postura histórica: un aristócrata rico y de gran educación que se hace el pobre y reniega, diría, el cuerpo cultural. Vuelvo a repetirme: no es mi tipo de espiritualidad si es que se pueda decir que soy espiritual… En mi trabajo hablo mas bien de espíritus (plural) y de espiritismo.

La familia entorno a la Autora, preñada.

Para cerrar estas reflexiones, vuelvo a Pogüerful, a La Espírita Santa, y a la actriz Lucía Camo. En la primera ante-prima en Las Palmas de Gran Canaria, el público parecía intimidado y algo inquieto por su presencia; casi no se reía, lo cual fue una total sorpresa para mi. En las pruebas nos reímos con ganas, todos. Lo pensé y le dije después de la representación: “¡Te has vuelto ‘la mala’! ¡Representas algo que viene a ser la Espírita Mala!” Incluso, uno de los personajes lo dice: “¡Cuidado con esa pajarraca!” Se trata de algo mucho mas fuerte que una figura de apoyo por contraste, como en los esquemas clásicos de payasos, donde el clown blanco, el ‘profesor’ perfecto, pone en valor negativo al Augusto el patoso payaso con la nariz roja, que parece aun mas torpe y ridículo – o sea ‘reible’ y simpático.

La autora y sus personajes insumisos.

El teólogo americano David Miller escribió un libro que para mi fue esencial en este territorio; se titula Christs (Cristos, en plural), y analiza la historia cultural del dueto clown blanco/nariz roja, respecto a los prototipos de la figura del profesor y del predicador (teacher/preacher). Cristo viene a ser el profesor blanco, el perfecto. Sileno, el profesor rojo de Dionisio (nariz roja de borracho), el predicador imperfectísimo – (Nietzsche lo usa en su Zaratustra).

Sheila Monje

Pero aquí, la Espirita Mala de Lucía llega por otro ángulo, algo así como la espírita de la némesis feminista, al borde de lo que hoy se denomina, con mala leche: feminazi. De hecho, juega peligrosamente con el tema: hay incluso un momento que califiqué de “sardónico”. Ese adjetivo viene de una planta sarda que, si la comes, según la leyenda, te mueres de la risa. Literalmente. Oir una tal risa es espantoso y mata cualquier gana de reírse. ¡Por ahí andaban ciertas risas de Lucía, la Espirita Mala! Dije que había que afinar su actuación, para que ella también, como los tres otros actores, logre un matiz menos duro y tajante; operar una forma de deconstrucción (¿‘espiritual’?) de la risa malvada de su personaje. Cuando dirijo actores en trabajos con textos, suelo decir que el mayor profesor de lingüística, o sea de inteligencia hermenéutica y psicológica, es el odio – que suele levantar risas sardónicas. Pero hay que tener mucho cuidado con su uso, y tomarlo en dosis homeopáticas porque si no, su sarcasmo, su acrimonia, puede quemar y carbonizar cualquier texto, y nuestras orejas.

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