Angélica, Atroz, Indispensable

Traduction française pdf - article  sur le spectacle d'Angélica Liddell
The Scarlet Letter, à partir du roman de Hawthorne. 

English translation, in the making - on Angelica Liddell's performance
of Hawthorne's The Scarlet Letter

Reflexiones críticas entorno al espectáculo The Scarlet Letter, de Angélica Liddell, Théâtre de la Colline, París, enero de 2019, basado en el libro de Nathaniel Hawthorne, y asociaciones críticas con obras recientes de Romeo Castellucci, entre las cuales Le Voile Noir du Pasteur, 2011, basada en el mismo libro de Hawthorne, La Letra Escarlata.

ETIMOLOGIA

Tengo un diccionario etimológico favorito; es chileno, y esto es lo que dice sobre el adjetivo atroz:   « El adjetivo atroz, viene del latín atrox, atrocis, con el mismo significado. Pero atrox es un derivado de otro adjetivo, ater, atra, atrum, que en realidad designa simplemente el color negro mate (frente a niger, nigra, nigrum, que es negro brillante). Pero ater se asoció al color del humo negro (que frente al humo blanco de hogueras habituales acompaña a las quemas destructivas de diferentes productos que no son la paja o la madera, y de productos orgánicos, como cadáveres incluso), a la tiniebla sin luz y a toda forma de negrura sombría, y es por eso que acaba asociado a lo funesto, luctuoso, sombrío, terrible y anunciador de posibles males.
Atroz es un adjetivo con sufijo de fuerte tendencia (-oz), de modo que es un intensivo, de ahí su sentido de especialmente terrible, funesto, horripilante, y cruel incluso hasta lo inhumano. »

Sí, encontré el espectáculo de Angélica Liddell atroz pero en acuerdo con esta etimología.

Angelica Liddell

Sí, encontré el espectáculo de Angélica Liddell atroz pero en acuerdo con esta etimología. Mi impulso es cualificarlo de gran arte atrox. Y en ese sentido, indispensable, como puede serlo, e incluso como debe serlo un enfoque artístico del lado oscuro de la humanidad, que Liddell asocia en este espectáculo con el estatus de la mujer y la feminidad, y con la némesis que provoca su represión. No siempre he adherido a los espectáculos de Angélica Liddell (he visto unos cuatro o cinco – y, ¡prefiero el promedio de uno cada dos años!). Lo que sí: siempre me ha impresionado su escritura, su voz. Es su corazón el que a veces me desconcierta: ¿Dónde lo coloca? ¿De qué lado de la frontera está? Porque bordea algo así como un egocentrismo megalómano y psicopático. El aval que le quiero dar a esta obra me cuesta. Eso en si ya indica la posibilidad de un gesto artístico ‘indispensable / pensable’. Y, como se trata de teatro, de ficción, no estamos en una supuesta realidad suya de sentimientos o de juicios: y es esa la frontera que me atrae y con la que juega Liddell – y por eso me interesa, y por eso mismo NO le tengo confianza, no me puedo fiar de ella. Fiarse es más asunto de fe, de fe con fianza, y no  de ficción. Encima, Liddell es simpática, lo cual complica el asunto. En la obra que creó en Shanghái hace un par de años, vimos un corazón y una amistad muy bellos con una peluquera-bailarina china que invitó a ser parte de su espectáculo – y que tuvo que mentirle al marido diciéndole que iba a París ¡a un congreso de peluquería!

ENTRE BRUJAS

Al escoger The Scarlet Letter de Nathaniel Hawthorne, Liddell toma como interlocutor uno de los momentos más atroces de la misoginia de nuestra historia y, hay que decirlo, del sadomasoquismo protestante puritano. La némesis que brota (me refiero a la reacción violenta de venganza y a las confabulaciones mito-poéticas negras) toma las dimensiones de una Hécate liberada, y es, tal vez, la bruja más mordaz y atroz que he visto. Sus excesos son fabulosos. Hace unos años trabajé sobre la figura de « La brujita desafinada », al crear un espectáculo con la actriz chilena Laura Fuentes Matus, titulada No soy totalmente yo. Hay aquí una sincronía que vale la pena contar: Liddell hizo un espectáculo en el que le cortaban el pelo (largo) a una mujer – de veras. Una por noche. Y no muy bien pagado, lo cual acabó de enfurecer a mi compañera Linda Wise, que no se lo perdona a Liddell. Laura tiene un magnifico pelo negro azul araucano que le llega a la cintura; y mas. Quiso negociar con Liddell, pero no cedió.

Laura va también camino a la brujería teatral. Angélica Liddell claramente está en ello, ¡y cómo! Su ‘trabajo’ vocal, por ejemplo, tiene un lado punk y desgarrado, jubiloso, insolente y libre. Nos irradia con brujería negra, a veces colosal en su monumentalidad, a veces colosal como en un homúnculo: la concentración atroz de una duende, una enana malvada. Esta vez, se ríe en el escenario, lo cual no creo haber presenciado antes, al menos no con tanta libertad. Su risa a veces se vuelve sardónica (la risa homicida de la brujería sarda). Hay que decir que los rosarios y cadenas de insultos que suelta y martilla son ruines, perversos, atrozmente injuriosos. No obstante, pocos espectadores dejaron la sala y, en general, la risa del público apreciaba y relativizaba el humor negro con inteligencia. Angélica Liddell es también una bufona catártica. Bufona e indispensable / pensable porque, en lo que a mí respecta, la tiranía del fundamentalismo, ya sea religioso o racional, empieza con la prohibición del humor y la risa. Me parece que hay aquí un corazón de gran inteligencia (o el revés) que sabe burlarse y acusar. (Aunque aprobé a fin de cuentas el rechazo de Laura Fuentes Matus – quien no pactó con el diablo – al menos por ese precio. (Ver su versión de esta negociación  PDF.)

TRAICIONES

La gran paradoja, y esta vez en flagrante delito, es que Angélica Liddell se desata contra las mujeres: es atrozmente misógina en el escenario. Se ensaña contra las mujeres y sobre todo contra la forma en que envejecen. Ya ha pisoteado otros aspectos, como la mujer embarazada y el culto a la maternidad. Las fantasías que levanta de la terrible humillación y represión de Hester Prynne, la víctima principal en The Scarlet Letter, invoca a figuras míticas como Hécate o Lilith, o la Reina de la Noche, en plan gore-gótico protestante, pero esta vez con una amplificación y una clara inversión que se convierte en apología de los hombres. Es una toma de posición enrevesada de la que no me fio para nada. Como he dicho antes, no confío en Angélica Liddell y sus traiciones, o sobornos. Pero al fin y al cabo es la calidad y complejidad (¡y humor!) de esta paradoja teatral, vital y mortal, que encuentro indispensable / pensable.

Su coro de hombres es de una hermosísima virilidad, todos son hermosos. Pero todos son esclavos-zombies en el harén de la sultana: estamos en el castillo de un Marqués de Sade convertido en mujer, o en la historia que enmarca Las mil y una noches, cuando los dos hermanos sultanes regresan a sus palacios y encuentran a su(s) esposa(s) y a todas sus damas de compañía en orgía total con los eunucos del harén. Los decapitan a todos. Aquí, es el ángel negro Liddell que decapita y castra todo lo que encuentra. Se trata por lo tanto de una venganza por lo menos peculiar, de Angélica Liddell.

ELEGANCIA

Romeo Castellucci es un Cristo al lado de Diabólica Cruela-de-Vil Liddell. Pero en este espectáculo, en particular, sus caminos se cruzan. Formalmente, es obvio: la lentitud ritual, los gestos semafóricos, las posturas y los cuadros coreográficos; el coche velado también, y muchos otros detalles incluyendo el coro de hombres en la última obra de Castellucci, La Vita Nuova. En su caso son ocho o diez altísimos hombres negros, dignos sacerdotes trashumantes, vestidos de blanco, inmigrantes proféticos, oficiando en un parking inmenso de Bruselas (lleno de coches velados). Liddell nos arroja, hacia el final de su show, con insolencia (y volumen) punk, dos canciones pop. Romeo-Cristo no haría eso; él nunca es vulgar. Ella, si, ¡y como! De hecho, el personifica de alguna manera al hombre ideal que Liddell describe en su espectáculo (el que envejece tan bien, no como las mujeres…) Castellucci no es pudibundo; pero si diría que es “elegante”. Regreso al diccionario etimologias.dechile.net, que esta vez juega con la retórica implícita en la palabra que comenta, y que apunta a algunos de los elogios que yo le haría a Romeo Castellucci:

« Si la etimología permite abrirse camino en la arbitrariedad del signo lingüístico dándole más vida, algunas palabras sin embargo perecen tener un significante que de por si expresa su significado, en una fusión casi consubstancial. El adjetivo elegante por su sonoridad, – esa eLe que le da ligereza, esa Ge que le confiere garbo y ‘gracia’ y ese final ‘airoso’ y ‘bien proporcionado’-, parece lleno de ‘nobleza y sencillez’, de ‘buen gusto y distinción’ (DRAE). La palabra elegancia viene del latin elegantia, y el adjetivo elegante del verbo eligere que significa arrancar (hablando de flores y frutas), quitar y claro elegir, seleccionar, formado de la preposición E (EX = sacar) y del verbo legere: cosechar, recoger e incluso leer. Dicho de otra forma, la elegancia consistiría en saber extraer lo mejor, lo màs fino… ¿no?

A propósito de elegantia en Roma, que es donde se acuñó la voz, hay una anécdota muy representativa referida a Petronio, autor del Satyricón y personaje de la corte de Nerón. Tácito le llamó arbiter elegantia, el árbitro de la elegancia, porque su criterio a la hora de juzgar una obra artística o literaria era tan valorado que el proprio Nerón se sometía a sus dictámenes. En la novela – y en la película – Quo Vadis en cierto modo se representan estas situaciones. »

VELO NEGRO, VELO ESCARLATO

Liddell y Castellucci se cruzan aquí porque el también montó un espectáculo sobre The Scarlet Letter de Hawthorne presentado en Rennes en 2011, titulado Le Voile Noir du Pasteur (El velo negro del pastor). Con Liddell, el velo es rojo escarlata, (scarlet). Pero Castellucci canceló los espectáculos programados para el Festival de Avignon. Algunas escenas del Velo Negro reaparecieron en sus espectáculos siguientes: la fabulosa tormenta de apertura del Velo Negro se convirtió en el cierre de su espectáculo sobre el pintor Rothko, y, especialmente, el rostro de Cristo pintado por Antonello da Messina se convirtió en ícono gigantesco en Sobre el concepto del rostro del hijo de Dios. (Leer sobre estos cambios el artículo en la revista INFIERNO.) Fue este espectáculo el que atrajo la violencia de los fundamentalistas católicos franceses. Doscientos policías antidisturbios tuvieron que proteger el acceso al Théâtre de la Ville la noche que fuimos a verlo; embarcaron a los devotos fanáticos manu militari en un autobús donde se pusieron a cantar himnos católicos mientras se los llevaban a la comisaría. ¡Vaya preludio!

El Cristo de Antonello da Messina es un autorretrato de Castellucci en un momento de su vida. Siempre he apreciado el hecho de que incluye referencias, discretas pero claras, en algunos de sus espectáculos, a su vida privada. Creo que es parte de la elegancia de su genio, una mezcla de « nobleza y sencillez » pero con el tino y la acuidad teatral de sus éxitos. Su punto de vista sobre The Scarlet Letter estaba basado en la culpabilidad del pastor, el lado falsamente arrepentido de los hombres, de los curas, quienes, ellos mismos, languidecen al opuesto absoluto de la extrovertida y furiosa venganza que Liddell alza alrededor de Hester, la mujer oprimida. Yo diría que fue un espectáculo de penitencia masculina el de Castellucci, una forma de autoflagelación o algo peor (un actor introdujo una punta de un cristal quebrado en su ano), y, en mi opinión, sin arrepentimiento. Era un acto teatral y no un acto santurrón de piedad, llevado, como en el caso de Liddell, a algo que hoy nos puede parecer extremo, para representar y ampliar las fronteras de la mente y de las mentalidades. Escuché una frase en el Infierno de Dante que Castellucci presentó en el festival de Avignon – (¿fue él mismo quien la dijo?): “El infierno es el adulterio”. En Liddell, las traiciones devotas alrededor de Hester levantan una tormenta similar a la de Castellucci, un ciclón conducido por unas Furias que todo lo insultan y destruyen, pero que luego, por sorpresa, establecen un nuevo orden – ¿de hombres eunucos-esclavos? ¿Con una mujer como reina-arpía tirana? Incluso se atrevió a decir, horribile dictu para las mitologías feministas: “¡Medea era un hombre!”

MEDEA CULPA

Para finalizar quisiera añadir y triangular mis reflexiones con otro punto de vista que viene de nuestro Libro del Año 2017, del que trabajamos extractos sorprendentes en laboratorios. Es de la escritora y clasicista italiana Giulia Sissa: La Jalousie, Une Passion Inavouable, (Los Celos, Una Pasión Inconfesable) que viene a ser de hecho una magistral historia cultural de los celos. Sissa escribe: “Yo soy Medea, sin los asesinatos” al defender la violencia extravertida y feroz de los celos de Medea y añade que las mujeres que no lo hacen o que se avergüenzan “son esclavas”.

Paris, 23 de enero de 2019

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